
Necesitabas aire. Precipitadamente bajaste a la calle, y me dejaste allí sentada, inmóvil, acurrucada, hecha un ovillo en ese pequeño sofá, intentando encontrar el aire que a ti te faltaba.
No recuerdo cuanto tiempo pasó, puede que diez minutos, o quizás menos, sólo sé que no podía dejar de temblar, y que mis grises ojos deseaban parar la lluvia que caía agitándome con fuerza por dentro. Fue un lapso eterno, hasta que de repente ví algo en el suelo que llamó poderosamente mi atención. Eran tus calcetines a rayas,... el calcetín que un día, prisioneros, consiguió liberar y traspasar la electricidad de tu cuerpo al mío. Esa mañana de sábado, sin vorágine alguna, me enamoré de tus pies, de la grácil forma que adoptaban sobre la butaca. Y allí estaban de nuevo, tus rayas, en aquella buhardilla, con bañera y lavadora...
Ni siquiera lo pensé -de haberlo hecho no habría sido capaz-, e instintivamente, en un acto reflejo corrí para atrapar uno de tus calcetines, enmarañados sobre el suelo. Rápidamente, como si me estuvieses observando por la mirilla, los enredé con los míos, camuflándolos...
Días después me preguntaste por él, no conseguías encontrarlo. No pude mirarte a la cara, mis ojos me delatan. Titubeé en mi respuesta, no sé mentir. Finalmente, azorada rebusqué entre mis cosas, y te alcancé ese par del que quería adueñarme. Deseaba llevármelo a casa, hacerle un hueco en el primer cajón de mi mesita de noche para buscar tu tacto en esos momentos en los que echo de menos tus caricias... tu electricidad.

Precioso. Una escena, un relato magnífico. Cosas que merecen la pena vivir, que merecen la pena contar, que merecen la pena leer.
ResponderSuprimirY la elección del talento de Sakamoto, a quien tanto admiro, perfecta.
Un abrazo